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Imágenes arquetípicas y matrices vibratorias.

Cada vez que la conciencia capta una cualidad a través de una imagen nos encontramos en un nivel mucho más concreto que en el de las estructuras simbólicas. La imagen –en sentido antropomórfico o naturalista- pertenece al dominio de lo imaginable por el ser humano, es decir, de aquello que se encuentra dentro de los límites de nuestra experiencia. Forma parte del bagaje acumulado por la psiquis en tanto interioridad separada y está fuertemente condicionada por la memoria. Toda imagen concreta es un recuerdo o es una construcción en base a fragmentos del pasado. El nivel imaginario de los arquetipos del inconsciente colectivo es una colección de estructuras basadas en la acumulación y repetición de las experiencias humanas, un campo de formas conocidas que adquiere vitalidad en la medida que las experiencias se repiten y confirman el patrón prefigurado en la imagen. Esta última es siempre un fragmento de lo real y la experiencia que contiene no puede ser sino limitada. Por esto, es necesario que aparezcan nuevas imágenes que complementen a las primeras, para que sea posible tener una representación de la totalidad.

Una matriz simbólica compleja -como el entero mandala zodiacal- está más allá de lo experimentado colectivamente. Todo símbolo pertenece a una totalidad estructural –sea ésta el Zodíaco, el Sistema Solar, el Árbol de la Vida o el I-Ching- mientras que las imágenes son el resultado de una captación parcial de las mismas. No existe ninguna imagen extraída de la experiencia concreta que pueda contener todos los significados de una totalidad estructural. Por eso son necesarias muchas imágenes –contradictorias entre sí- para dar cuenta de lo que hemos definido en escritos anteriores (ver “El Zodíaco como arquetipo de tercer orden”) un arquetipo de segundo o tercer orden. Lo que aquí denominamos estructura simbólica es la primera condensación de un patrón matemático (geométrico) que posee múltiples posibilidades de corporización. A su vez, este nivel geométrico es el primer diseño perceptible de un patrón puramente proporcional -vibratorio o musical- capaz de operar en diferentes niveles de sustancia y provocar así la aparición de formas de distinto grado de sutilidad o concreción.
El Zodíaco -como arquetipo de tercer orden- se hace visible en todos estos niveles al mismo tiempo pero en cada uno de ellos posee una capacidad descriptiva diferente. En tanto matriz vibratoria, patrón geométrico o estructura simbólica, encierra un potencial de significados y experiencias que aún no han sido recorridos por la humanidad.

Cuando lo comprendemos a través de las imágenes colectivas, en cambio, lo reducimos al plano de los íconos que espontáneamente emergen en nuestra psiquis y que responden al nivel fragmentario de la conciencia. En este plano, la conciencia depende de su identificación con alguna forma (o imagen) y va de una a otra en busca de la experiencia que pueda colmar su anhelo de totalidad. Aún no tiene la madurez suficiente como para responder a aquello que circula entre las formas. Esto es aún amorfo para ella y, por esa razón, no puede distinguir estructuras completas, en las que adquieran plena visibilidad las relaciones entre cada causa y sus consecuencias, en las que se pueda captar el final desde el principio. Es claro, entonces, por qué ninguna imagen puede reflejar cabalmente estas estructuras, dado que ellas no constituyen una forma sino una circulación.

Por fascinante que sea toda imagen arquetípica, ésta no es más que una gigantesca simplificación colectiva que inevitablemente empobrece el significado de los grandes arquetipos de lo real, como el Zodíaco o el Sistema Solar. Se convierte en un patrón de interpretación inconsciente que se proyecta sobre los acontecimientos limitando, para todos los seres humanos, las alternativas de conducta posibles dentro de los marcos de aquello que la memoria colectiva atesora. Así como en el interior de una carta natal individual se configura un patrón de identificación –el yo- que más tarde impedirá que esa persona comprenda todo el potencial que circula a través de su destino, la trama de imágenes arquetípicas condensa los supuestos inconscientes que nos definen en tanto humanidad, restringiendo nuestras posibilidades de responder a la vibración zodiacal. El contenido de nuestra psiquis colectiva nace de la experiencia de la fragmentación y por esta razón no puede encontrar un orden. Es un laberinto en el que ninguna puerta puede indicarnos la salida, por cuanto es una imagen, o sea un fragmento, más. Sólo un salto de plano puede revelar la lógica profunda en la que la experiencia, determinada por la separación, encuentra el lugar que le corresponde y los patrones ligados al conflicto pierden su poder condicionante.

Todo esto, las peripecias de la identidad separada, se encuentra en relación directa con el modo como definamos a los signos de la segunda mitad del Zodíaco. Por ahora digamos que la característica esencial de los niveles simbólicos, geométricos y vibratorios es que en ellos se hacen instantáneamente presentes las estructuras globales que la conciencia identificada con la parte no alcanza a captar. En éstas se desnuda el hecho de que no puede existir un lado de la experiencia sin que se manifiesten al mismo tiempo los opuestos que la complementan. Es obvio en estos planos, por ejemplo, que la interioridad y el límite se generan uno al otro, así como que el apego está indisolublemente ligado al sufrimiento. Dicho zodiacalmente, en tanto opuestos Capricornio y Cáncer forman una estructura, del mismo modo que lo hacen Tauro y Escorpio. (No analizaremos en este texto todas las relaciones posibles, que incluyen –además de las polaridades- los triángulos, las cruces y las reversiones de la rueda. El arquetipo zodiacal)

Lo importante, para nosotros, es advertir que en los niveles donde las imágenes predominan, la riqueza de estas estructuras queda velada por la nube de fantasías, anhelos y temores que surgen del torrente de experiencias concretas de la humanidad. Así como las marcas infantiles recortan lo que realmente sucedió para el individuo, encerrándolo en una trama de supuestos con los que se ha identificado, la humanidad entera se mueve dentro de los límites que su experiencia histórica le permite imaginar. En este plano, aún soñamos con la posibilidad de separar la vida de la muerte o creemos que puede existir un “gran padre” sin una “gran madre” a su lado, o viceversa.

La identidad consciente debe retornar muchas veces a la misma experiencia antes de comprender las distintas facetas de la misma y renunciar así a su perspectiva auto-centrada. Sólo de esa forma puede captar la estructura subyacente a los acontecimientos dispersos de su vida y dejarse modificar por aquellos contenidos de los que hasta ese momento se protegía. De la misma manera –en el nivel colectivo- los humanos giramos en la rueda de las imágenes arquetípicas, repitiendo las mismas escenas y experimentando los mismos desenlaces. Todo “individuo” –una forma peculiar de la matriz del Cielo que se manifiesta en el tiempo- tiene como tarea trascender las ideas, imágenes y sensaciones que se activan en la psiquis en tanto respuesta condicionada a una cualidad zodiacal o planetaria. Y para esto, tarde o temprano, deberá enfrentarse con el techo que le impone lo colectivo. El ir y venir de la experiencia –tanto individual como colectiva- transita por senderos fuertemente condicionados por el pasado.

Ocasionalmente se produce un destello en el que logramos captar la presencia del orden que está más allá de la separatividad. Estas fugaces percepciones se abren camino en la maraña tejida por el nivel fragmentario de la conciencia y provocan el despertar de su nivel holístico. Pero para que este nivel se desarrolle, es de gran importancia que nos aboquemos a investigar la lógica interna que ordena los arquetipos que habitualmente estudiamos por separado. Esto significa pasar del nivel de las formas al de la circulación y, en un sentido profundo, es de esto de lo que se trata la Astrología. Un individuo tendrá determinada relación con su madre, por ejemplo, la cual estará llena de ambivalencias y contenidos inconscientes. Más tarde comprenderá que ese vínculo “personal” estaba atravesado por las imágenes relacionadas con la “Gran Madre” que, como sabemos, incluyen un sinnúmero de figuras que representan distintos aspectos del arquetipo, como Isis, Khali, Artemisa y muchas otras. Pero el verdadero sentido de cada una de ellas, y la lógica de su aparición en la conciencia, está contenido en el recorrido de la Luna por sus fases. Este es el nivel símbólico que revela la disposición correcta de las imágenes que pugnan infructuosamente por encontrar un orden, tanto en la psiquis individual como en la colectiva. Pero en este nivel podemos incluso dar un paso más y encontrar el lugar que le corresponde –su verdadera proporción- al arquetipo de la Gran Madre. La Luna no es una entidad aislada, sino que pertenece a una matriz más amplia y la astrología –aquello que investiga la correspondencia entre psiquis y cosmos- nos muestra su relación estructural con el Sol, Saturno y los demás planetas del sistema.

Todo arquetipo particular está inscripto en alguna matriz de orden más elevado que lo contiene y le adjudica su verdadera posición. Su significado profundo, en consecuencia, sólo puede aparecer cuando se hacen evidentes sus ligaduras con los otros arquetipos que pertenecen a esa estructura. El Zodíaco (y el Sistema Solar) son matrices arquetípicas cuya dinámica esencial no puede ser percibida desde la fragmentación. Por eso no puede ser reflejada en su totalidad mediante imágenes, así como tampoco podemos agotar sus significados con palabras. De aquí que sea de particular importancia distinguir desde qué nivel estamos abordando estas estructuras. Todas las descripciones que hacemos de ellas son esencialmente correctas, sin embargo, debemos tener en claro que cada una expresa una fase diferente en la evolución de la conciencia. En nuestra investigación como astrólogos debemos intentar hacer explícito el punto en el cual la conciencia individual -en su aprendizaje con relación a cada vibración específica como Escorpio, Sagitario, Capricornio, etc.- alcanza el techo que la conciencia colectiva le impone. La meditación sobre este punto de tensión nos puede mostrar las posibilidades del “individuo” para encontrar una respuesta que escape a lo conocido y que, en consecuencia, los astrólogos no estamos en condiciones de anticipar.

El arquetipo zodiacal nos muestra un orden y nos dice que, hasta un cierto nivel, éste tiene una forma compatible con la estructura actual de nuestra psiquis. Por eso lo podemos entender. De acuerdo con nuestra madurez, podremos ver en él imágenes más complejas, ricas y significativas que dan cuenta de toda la sabiduría que la humanidad acumula en su memoria, podremos incluso pensarlo y explicarlo con gran profundidad. Pero si nos entregamos realmente a su lógica, nos encontraremos con que a partir de cierto punto, deberemos renunciar a darle forma. Para quien haya tocado la naturaleza del orden que subyace a la astrología, es evidente que éste se encuentra en una dimensión que no podemos concebir. Sin embargo, existe y actúa y nuestra gran posibilidad es aprender a resonar con ese orden y permitir que actúe en nosotros. Cuando miramos el Cielo en una noche estrellada y vemos la Luna brillando al lado de un planeta, por ejemplo, esto nos está dando una gran cantidad de información acerca de los niños que nacen en ese instante. Comprendemos también que ciertos estados de ánimo que quizás estamos experimentando han aflorado en respuesta a un movimiento que nos trasciende por completo. Sabemos incluso que ese momento tiene una cualidad que facilita la concreción de ciertas cosas así como impide otras. Cada vez que los astrólogos quebramos el hábito de mirar el firmamento sólo a través de las efemérides o de un programa de computadora, el misterio en el que estamos inmersos se nos impone. Se hace evidente, más allá de cualquier discusión intelectual, que cuando los humanos miramos el Cielo no estamos viendo simplemente cuerpos, ni tampoco aquello que la psiquis proyecta sobre ellos, como creen los astrónomos y los psicólogos. Estamos siendo testigos de la unidad entre la psiquis y el cosmos. ¿Qué significa realmente esto? Aún no tenemos palabras para dilucidarlo y quizás nunca las haya pero debemos tener en cuenta que cuando estudiamos astrología, lo sepamos o no, estamos participando de un inmenso proceso en el que aquello que contempla, aprende a reconocerse en lo contemplado.