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¿Instrumento del yo o experiencia transformadora?

La historia de la Astrología puede ser pensada como el resultado de la interacción entre dos grandes corrientes, cuya existencia responde a la tensión intrínseca entre la conciencia holística que descansa en la inmensidad, y la inteligencia fragmentaria, saturada de miedo y necesitada de control.

La primera corriente es la que permanece en contacto con el origen: se desarrolla a partir de aquéllos que realmente perciben -en distintos niveles- la realidad holográfica del universo. En ella, el aprendizaje va mucho mas allá del conocimiento de determinados símbolos y técnicas: se trata de habilitar sucesivas expansiones de conciencia en el estudiante, para que aquello que en un momento fue sólo un concepto o una hipótesis, llegue a adquirir visibilidad e incluso corporalidad. La tradición más externa, en cambio, se construye a partir de quienes -sin poder registrar fácticamente la equivalencia de lo externo con lo interno- sólo creen o sostienen la idea de la correspondencia entre macrocosmos y microcosmos.

En este segundo caso, la astrología únicamente puede crecer dentro de los límites que le imponen los supuestos psíquicos y culturales de quienes investigan y los de aquéllos para quienes trabajan. Estos son múltiples y operan en distintos niveles según las épocas, pero tanto en la astrología medieval como en la contemporánea, el supuesto que suele permanecer inalterado es que el ser humano es una entidad relativamente autónoma del resto del cosmos y por esta razón posee un destino claramente individual. En este contexto, el centro de toda la investigación se reduce casi exclusivamente al individuo y a la misteriosa influencia que los astros tienen sobre él. Ya sea en tanto fuerzas externas de las que debe emanciparse o como el designio de alguna voluntad que adjudica características y destinos a cada ser humano por separado, la atención del investigador se concentra en descifrar el significado de dichas fuerzas o el sentido de dicho designio. Con este objetivo pierde de vista la necesidad de transformarse a sí mismo a lo largo del aprendizaje para que afloren en él los niveles de percepción que dan cuenta de la unidad del sistema solar. Apoyado simplemente en creencias, el proceso mental del astrólogo sigue siendo tan analítico, lineal y fragmentario como el de quien nunca ha transitado por la Astrología. Asimismo desconoce que su integración emocional forma parte esencial del trabajo que debe realizar. Por esta razón es raro que tome contacto con los núcleos de temor y los deseos de control que conducen de forma inconsciente su investigación y probablemente tampoco reconozca la importancia del cuerpo en la tarea de registrar y tolerar un mayor caudal vibratorio. Por eso le será muy difícil encarnar aquello que piensa y comprender así la diferencia que existe entre tener un conjunto de ideas vs. percibir realmente lo que se está diciendo. En este contexto, la astrología deja de ser una experiencia transformadora y se limita a ser un instrumento al servicio de la conciencia fragmentaria. La ilusión de ser una entidad separada –el yo en un sentido individual y la humanidad en el colectivo- queda así cuidadosamente protegida de los cuestionamientos que la astrología le propone y el investigador no altera, en esencia, el paradigma que comparte con la cultura de la época.

Vemos entonces cómo, por un lado, el núcleo más creativo de la astrología queda oscurecido por los ropajes que le imponen los supuestos psicológicos y culturales de quienes la investigan. En este caso se impone un aspecto del patrón zodiacal que indagaremos en próximas entregas, por el cual un nivel fragmentario del sistema debe necesariamente filtrar la información que proviene de la totalidad del mismo. Los contenidos que amenazan la identidad que debe ser protegida, sólo pueden ser incorporados a través de una forma compatible con su estructura. En este caso, deberán mantenerse en el nivel intelectual. Sin embargo, también lo opuesto es verdadero. El aspecto complementario de este patrón nos indica que el conjunto del sistema –al mismo tiempo que protege a la parte provisoriamente separada- opera sobre ella para que se produzcan las transformaciones que el arquetipo prevé. Vista de esta manera, la astrología actúa como un “virus” –inoculado desde el nivel global- que penetra en la forma aislada y le impide cortar el vínculo con el origen. Al dejarse devorar por el anhelo adivinatorio o por el afán del individuo de sentirse explicado, la astrología logra mantener la presencia de aquello que el yo separado no puede asimilar: la correspondencia efectiva entre el Cielo y la Tierra, entre el “adentro” y el “afuera”.

Podríamos decir –dentro de los límites de esta analogía- que mientras se producen alteraciones progresivas en el nivel fragmentario, el “virus” aguarda la oportunidad cíclica en que la conciencia pueda asimilar su contenido en plenitud. Desde este ángulo, la astrología es simultáneamente incorporada y rechazada, aún por quienes la investigan. Pero esto no debe ser interpretado como una limitación, sino simplemente como un hecho que nos muestra cuánto se pone en juego cada vez que nos acercamos a ella. Este doble movimiento es inevitable. La astrología nos abruma al mostrarnos la presencia de lo desconocido en nosotros; y para protegernos de ello nos vemos obligados a empequeñecerla.